Allí estábamos frente al mar, tu y yo, conociéndonos, sin duda era el escenario ideal de una historia que nunca habré de olvidar.
Contemplábamos sencillamente el atardecer y con melodías románticas en nuestros oídos, despertamos poco a poco y sin apuro, cada uno de nuestros sentidos.
La brisa, tu enrulado y rojizo pelo acariciaba, a la vez que el sol tímido en tus ojos se ocultaba; la noche llamaba a la luna y un sin fin de estrellas curiosas despertaban.
Al mismo tiempo que mi corazón abierto te hablaba, sentía el tuyo que con atención lo escuchaba, sorprendida tu quedabas, al descubrir el otro yo, de aquél que antes sin quererlo te ignoraba.
Como olvidar la ternura y fragilidad en tu mirada, así como la avalancha de tus dulces besos que en mis labios se tatuaban.
La noche, la noche al lado nuestro tímida se desnudaba y con el simple titilar de estrellas reflejándose en tu cara, en tu suave regazo como un niño recién nacido yo me quedaba.
Al sentir tus latidos, mi corazón más y más, de prisa palpitaba, sentíamos igual cada beso, cada caricia, cada mirada.
Ahí estábamos frente a la rambla, sin resistirnos a la pasión y a las ganas y luego de susurrarnos al oído dulces palabras desenfrenadamente como dos adolescentes yo a ti y tu a mi te entregabas.

